Domingo por la tarde, sofá del salón. Tu abuela acerca los dedos a la barriga de tu sobrino y él ya se está riendo antes de que lo toque. Luego lo intenta él solo, con sus propias manos, y nada: ni una sonrisa.
Tú tampoco puedes, y no es falta de técnica. No puedes hacerte cosquillas porque tu cerebro sabe de antemano qué vas a sentir: predice el roce a partir de la orden que da a tu mano y le baja el volumen. Sin sorpresa, no hay cosquillas.
El cerebro que se adelanta a tu mano
Cada vez que mueves un músculo, el cerebro guarda una especie de copia de la orden. Con esa copia calcula lo que vas a notar: el roce del dedo, la presión, el momento exacto.
Cuando lo que sientes coincide con lo que había previsto, el cerebro lo trata como algo poco importante y apaga parte de la respuesta. Es un filtro muy útil. Te tocas la cara, te rascas o cruzas los brazos cientos de veces al día, y nada de eso debería distraerte.
En 1998, el equipo de Sarah-Jayne Blakemore, Daniel Wolpert y Chris Frith, en la University College London, metió a varios voluntarios en un escáner de resonancia magnética. Publicaron el resultado en Nature Neuroscience: cuando el roce era externo, la corteza somatosensorial, que procesa el tacto, se activaba más que cuando el roce lo producía el propio voluntario.
La pieza clave estaba en el cerebelo, la zona de la parte posterior del cerebro que supervisa los movimientos. Los autores propusieron que el cerebelo predice las consecuencias de cada gesto y envía una señal que cancela la respuesta al roce propio. Otra zona ligada a lo agradable de una sensación, la corteza cingulada anterior, también respondía menos.
Un robot que engaña al cerebelo
Si la culpa es de la predicción, bastaría con estropearla. Eso hizo el mismo grupo en un estudio publicado en 1999 en el Journal of Cognitive Neuroscience.
Dieciséis voluntarios movían con la mano izquierda un brazo robótico. Ese robot movía a otro, que pasaba un trocito de espuma por la palma de su mano derecha. Primero tocaba el robot por su cuenta; después, el roce lo controlaba la propia persona.
Lo interesante llegó al trucar el sistema:
- Con retraso. Entre el movimiento de la mano y el roce metieron 100, 200 o 300 milisegundos. Cuanto más retraso, más cosquillas decían notar.
- Con desvío. El roce seguía una dirección girada 30, 60 o 90 grados respecto al movimiento. Cuanto mayor era el giro, más cosquillas.
- El punto límite. Con 200 o 300 milisegundos de retraso, o con un giro de 90 grados, las puntuaciones ya no se diferenciaban de las del roce externo.
Un quinto de segundo de desfase bastaba para que el cerebro dejara de reconocer el roce como suyo.
¿Para qué sirven las cosquillas?
Aquí la ciencia es más prudente. Una revisión publicada en 2025 en Science Advances por la neurocientífica Konstantina Kilteni, del Instituto Karolinska, recuerda que, después de siglos de debate, el fenómeno sigue sin explicarse del todo.
Las hipótesis que más se repiten son dos. Una dice que las cosquillas ayudan a crear vínculos, como en el juego entre padres e hijos o entre hermanos, algo parecido a lo que se plantea con el bostezo contagioso. Otra, que enseñan a proteger zonas sensibles del cuerpo, como el cuello o las costillas. Ninguna está demostrada.
Hay más preguntas abiertas: si la risa de las cosquillas indica placer o incomodidad, o por qué las axilas tienen más cosquillas que las manos. Lo que sí se sabe es que no somos los únicos: los grandes simios responden a las cosquillas, y probablemente también los roedores.
Por qué unas personas tienen más cosquillas que otras
Todos conocemos a alguien que se retuerce con solo ver acercarse una mano, y a alguien que ni se inmuta. Esa diferencia no tiene todavía una explicación cerrada.
Una de las pistas más curiosas viene, otra vez, del grupo de Londres. En un estudio de 2000 publicado en Psychological Medicine, la mayoría de los participantes notaba su propio roce más flojo, menos agradable y con menos cosquillas que el de otra persona. Pero las personas con alucinaciones auditivas o con vivencias de pasividad, la sensación de que otro controla tus actos, no mostraban esa diferencia.
Los autores lo atribuyeron a un fallo del sistema que separa lo propio de lo ajeno. La diferencia iba ligada a esos síntomas concretos y no a un diagnóstico en general. Que alguien tenga más o menos cosquillas, por sí solo, no indica nada sobre su salud.
Haz la prueba esta noche en casa
No necesitas un robot para ver el filtro del cerebro en acción. Hazlo con alguien de confianza y para en cuanto la otra persona diga basta.
| Prueba | Qué haces | Qué cabe esperar |
|---|---|---|
| 1. Tus dedos | Pásate las yemas por la planta del pie o por la palma | Notas el roce, pero apenas cosquillas |
| 2. Otra mano | Otra persona hace exactamente el mismo gesto | Es lo que midieron los estudios: el roce ajeno se nota más intenso y con más cosquillas |
| 3. Sin aviso | Cierra los ojos y que la otra persona elija cuándo empezar | Si el mecanismo de la predicción es correcto, la sorpresa debería sumar cosquillas |
| 4. Tu mano, su ritmo | Tú mueves la mano, pero ella marca cuándo y hacia dónde | Cuanto menos control tienes, menos puede predecir tu cerebro |
Apunta quién se ríe en cada prueba. Con hermanos o primos pequeños, el juego da para una tarde entera.
Prueba la tabla con alguien de tu familia y fíjate en la diferencia entre la prueba 1 y la 2. Y si te interesan otras reacciones que tu cuerpo hace sin pedirte permiso, lee por qué se nos pone la piel de gallina o por qué das un salto justo al dormirte.